viernes, 2 de agosto de 2013

Del Loira a Bretaña

Nada más levantarnos y pagar el hotel, lo primero que hicimos fue ir a buscar un sitio donde desayunar. Definitivamentre en Francia son muy raros. Allí el concepto desayuno va unido a 8 o 10€ por que te tienes que tomar si o si un zumo o algo salado o yo que sé qué para cobrar ese dineral.
Yo quiero un cafe, simplemente.. y un bollito a ser posible.
Dejamos el coche aparcado al lado de un parque y buscamos una cafetería. Habíamos aprendido a decir "petit dejeuner" que es desayuno en español, así qué entramos en un bar y lo pedimos, pero el gabacho nos miró con cara de asombro y nos indicó que dos calles más abajo había un sitio donde nos darían de desayunar.
Jorge decía que era uno y yo que era otro, el caso es que al final entramos en uno muy feo, pintado de amarillo y con un niño gordito que jugaba por alli. Yo tengo tendencia a los sitios feos y decrépitos, siempre pienso que es donde al final mejor se está. Desayuno no tenían pero sí ganas de agradar.
Pedimos dos cafés y un croassant y ocurrió que mientras el hombre nos preparó el café, la mujer cogió el bolso y se fue a la pasteleria de al lado a comprar los bollos con el niño gordo. Era todo un poco raro:  yo le pedí al hombre leche fria y él me dejó el tetrabrick encima de la mesa mientras me sonreía todo el rato. Para mí que no me estaba entendiendo nada. El niño gordito no quitaba ojo de los bollos que había traido la madre para nosotros. No entendiamos nada, pero al final el desayuno  no salió demasiado caro..
Cuando terminamos nos fuimos a ver la ciudad. Por el camino vimos a un señor negro que vendía bolsos parece que la suerte nos acompañaba. Le preguntamos por un par de ellos que a mí me parecieron  parecieron bien pero a Jorge caros, los papeles se estaban invirtiendo. Al final le regateamos un poco y nos vendió uno algo más barato.
Tan contentos, cambiamos la cámara y las carteras al bolso nuevo y tiramos en una papelera el anterior.
Jorge ya no parecía un mendigo.
Comenzamos a visitar a Angers que a mí me parecio la ciudad menos interesante del mundo. Calles normales, alguna que otra casa o iglesia un poco interesante, pero en general sin interés ninguno. Vaya rollo de pueblo, pensé.
Vimos un árbol en una plaza con una placa que ponía que se lo trajeron de Alemania. No sé para qué.
Nos dirigimos al castillo.
Yo no quería entrar por que desde fuera se veía que era una ruina y le dije a Jorge que no merecía la pena gastar 11 euros más en esas cuatro piedra, pero él estaba empeñado, asi que me revelé y dije que no, que de ninguna manera.
No me hizo caso y compró las entradas. Me enfadé. De repente me di cuenta que me molaba enfadarme con Jorge, era una experiencia nueva aunque me dio igual, por que aunque me puse serio él no me hizo caso, asi que a los cinco minutos me desenfadé para ver aquel castillo que no recomiendo a nadie por que es feísimo.
El caso es que visitar estas ruinas nos hizo darnos cuenta que estabamos hartos de castillos y que debiamos cambiar ya al siguiente sitio. Salimos hacia Bretaña,teniamos unos 200 km por delante.

Hicimos más o menos la mitad del camino sin parar y sobre las 2,30 nos desviamos a comer en un pueblo pintoresco que indicaban desde la carretera, Chatoguiñon.
Era bonito y estaba lleno de gatos. Buscamos un parque o algún lugar donde poder sentarnos a comer.
Dejándonos guiar por la intuición que hasta la fecha nos había ido muy bien, llegamos hasta un parque enorme, con un gran lago enmedio. El sitio perfecto donde comer. De hecho toda la gente que había alli era perfecta, como si todo fuera de mentira,: niños rubios con niñas sonrientes y guapisimas. Señores mayores pero ágiles paseando, matrimonios perfectos agarrados del brazo. Se nos ocurrió pensar que tal vez estabamos en Stepford, el pueblo de la pelicula "Mujeres perfectas" y que quizá todos fueran robots.
Comimos rápido por si acaso y nos fuimos de prisa de alli. Vimos el pueblo y cogimos el coche de nuevo para llegar hasta Rennes.
Nada más llegar y aparcar el coche encontramos un sitio que hacían unos cafes maravillosos. Habia una carta entera llena de variedades y nos pedimos un frappe con mucha nata que estaba buenisismo y debía engordar muchisimo.. ya total....
En la calle principal compramos un montón de chocolate en una tienda que daban ganas de comérsela entera. Era como unos frutos secos pero solo de chocolate. Una tentación irresistible.
El pueblo estaba bien pero teníamos ganas de llegar a Sant Michell por que de todo el viaje era el sitio que más ganas teníamos de ver.
Hicimos los kilómetros que faltaban hasta la nueva casa, donde nos quedariamos dos dias.
El sitio era de los más extrano, apartado de todo. Ni pueblo ni nada alrededor. Alli solo estaba una mujer y varios perros. Teniamos toda la planta de arriba para nosotros, y aunque de todas las casas era sin duda la peor, nos gusto la independencia que teniamos allí.
Dejamos todo y nos fuimos a Sant Michell que estaba a poco más de 10 Km.
Aparcamos el coche demasiado lejos del monte, como a cinco km pero como yo soy un buitre decidí recorrerlos andando para no gastar en autobús (que luego resulto ser gratis).
Según nos acercabamos al lugar mas impresionados estabamos. Creo que no había visto nunca nada tan espèctacular o más bien tan mágico como aquello.
Atravesamos los muros y comenzamos a subir por las calles de aquel pueblo que parecía de otro tiempo. Estaba todo tan bien conservado que no parecia real, Las tiendas, las casas, las calles, todo era espectacular.
Visitar el monasterio de noche fue un acierto, por que lo tienen muy bien montado. Había músicos tocando en las salas principales y está perfectamente ambientado, con luz tenue y silencio. Realmente te transporta al silencio de las abadias medievales.
Salimos de allí fascinados, pero demasiado tarde. Eran casi las doce de la noche y hacía mucho frio. Cogimos el autobus hasta el coche y de allí a la casa del terror donde pasaríamos la noche.