lunes, 5 de agosto de 2013

Región deL Loira

PRIMER DÍA

Volar es algo que nunca me hace gracia, pienso en todas la películas que he visto de accidentes de avión, secuestros terroristas y demás caídas aéreas y acabo pensando que al final se estrellará en cualquier sitio lleno de nieve y terminaré comiéndome a la señora gorda del asiento de atrás .
Jorge intentó sin mucho éxito distraerme durante el despegue contándome algo que en realidad no escuché, pero le agradezco el intento, al menos no me fui fijando quien era más comestible de los pasajeros..
Salimos y llegamos a la hora prevista, con todo preparado, las maletas llenas de ropa, demasiado llenas diría yo, y con ganas de empezar a recorrer Francia.
Aterrizamos en un pequeño aeropuerto cercano a Paris, Beauvais. Solo se veían campos alrededor y una pista de aterrizaje tan corta que parecía que acabaríamos entre los trigos, pero el piloto consiguió (no se como) que saliéramos con vida de allí.
Odio volar.
Lo primero que hicimos nada más bajar de ese aparato horrible fue ir a recoger el coche de alquiler que habíamos reservado desde Madrid.
La oficina era una caseta metálica, y en el interior un señor delgado y con cara de amargado compartía mostrador con una gorda rubia despeinada y con aspecto de no tener muchas ganas de trabajar.
Entramos,  nos pide el carnet de conducir y la tarjeta de crédito, y al comprobar que el conductor era yo y el titular de la tarjeta era Jorge, nos indica que las leyes francesa marcaban que ambos debían coincidir, y que no podía entregarnos el coche.
Muy digno yo saqué mi tarjeta de débito  con la esperanza de solucionar el problema, aunque de fondos poca cosa, pero el señor amargado tras comprobar que no era de crédito nos volvió a decir que las de débito no eran validas. Yo sonreí a la gorda a ver si era más dócil pero comprobé que no, porque no me devolvió la sonrisa.
Mal empezamos.
Jorge discutió en ingles con el señor exigiéndole una solución, yo miré a uno y a otro sin saber que decían y sin dejar de sonreír a la señora gorda, pero el problema de la gente que tiene la cara de aquel hombre es que no están muy dispuestos a darla.
Tras varios minutos donde yo no me enteraba de nada (algún día aprenderé inglés) salimos de allí, con la fianza reembolsada pero sin coche, en un aeropuerto a 80 km de París y con nuestro primer alojamiento a casi 200 km de allí.
Tuvimos unos minutos de desesperación y pasamos a la oficina de la lado.
La chica de la nueva oficina tenia cara de no saber muy bien que es lo que estaba haciendo metida en esa caseta ni en lo que estaba trabajando. Muy mona ella, pero debía ser su primer día... Bien!
Le pedimos un coche, miró unas tarifas con cara de no saber lo que ponía en ellas, llamó por teléfono a un lugar donde nadie le contestó, y al final se lanzó: doscientos veinte euros dijo (yo creo) al azar. Ok, contestamos.
Durante todo el tiempo que tardó en hacer el contrato temblé pensando que nos pasaríamos las vacaciones en aquel pueblo de mierda, mirando el trigo al atardecer y  visitando la única iglesia que se veía a lo lejos, pero hubo suerte, y la chica mona no sabia de leyes francesas ni prácticamente de nada. Mejor para nosotros por que en 20 minutos estábamos camino a nuestro primer destino.
Loiret está a unos 180 km de París y es un pueblo que básicamente no tiene nada, pero al que el TomTom nos llevó muy bien, y la casa resultó ser una pasada.
Nos enseñaron la habitación en la planta de arriba todo muy azul y con muchas mariposas de papel, además de un pequeño salón abuhardillado y un cuarto de baño. Casi una planta entera para nosotros.
Después el propietario nos acompañó al jardín.
Brian y Christiane eran los dueños de aquella casa tan chula y a mí me parecieron una pareja de hippies retirados, de los que tomaban ácido en los 60, pero seguramente eran cosas mías sin ningún fundamento.
Estaban cenando con otra pareja de viajeros hospedados allí y que venían de pasar unos días en España, así que sabían algo de castellano y por fin pude hablar con alguien. Nos preguntaron cual era nuestro itinerario y alguna cosa más que no recuerdo y nos fuimos a ver el pueblo.
Habíamos visto el indicador de un castillo allí mismo, pero después de andar y seguir las indicaciones del cartel no conseguimos llegar a ningún sitio, solo salir a un campo que me dio un poco de miedo, así que decidimos volver a casa y acostarnos pronto para estar descansados al día siguiente.

SEGUNDO DÍA

Dormimos bien. Por la noche hubo tormenta y fue bonito por que teníamos una pequeña ventana en el techo por donde se colaba la luz de los rayos.
Nos levantamos temprano y bajamos a desayunar al porche. Vimos la casa de día que era bastante laberíntica y con mi sentido de la orientación casi no llegamos. El hippie retirado nos tenia ya preparado el desayuno, con café, tostadas y unas magdalenas pequeñitas. Fue la primera vez que vimos en Francia esa variedad de confituras caseras que debe ser bastante común allí.
Nos despedimos de esta pareja que tan bien nos había tratado y salimos hacia Orleans, el primer destino que teníamos marcado y que estaba más o menos a unos 20 kilómetros de allí.
Orleans esta dominada por una enorme catedral gótica. Como era la primera que veíamos en el viaje nos llamó bastante la atención, también el que por los alrededores no hubiera nadie.
Estaba todo bastante vació y a mí desde el primer momento no me gustó. Por todos los lados cruzaban vías y en la plaza confluían todas en una red fea y peligrosa.
Los tranvías y yo no nos llevamos bien por que con mi despiste las posibilidades de ser atropellado son grandes. Me imaginé aplastado en una ciudad tan horrible y con tan poca gracia y empecé a mosquearme. Una cosa es ser aplastado en París y otra en esa ciudad que nadie  conoce y que tiene como único mérito ser la cuna de Juana de Arco.
Me acordé que no había llevado ningún cuaderno para escribir el diario de viaje, éste que ahora mismo transcribo, y le dije a Jorge que debíamos buscar uno urgentemente.
En esa ciudad no debe escribir nadie, de hecho creo que ya nadie escribe, pero allí menos porqué encontrar un cuaderno nos hizo recorrer medio pueblo con el riesgo que tiene ir atravesando vías.
Pasamos a un comercio y a Jorge se le antojó comprarme un cuaderno diseñado por Christian Lacroix y que costaba una pasta, pero yo me negué en banda, mira que para escribir estas cuatro tonterías no hace falta unas hojas tan sofisticadas.
Seguimos mirando, nos compramos un zumo de cereza y una bolsa de patatas en un Carrefour y al final encontramos un cuaderno chulo en una papelería, no mucho más barato, pero más grande.
Conseguido el primer objetivo nos dejamos llevar por una página web de unos viajeros que habían hecho este mismo viaje y recomendaban lo que teníamos que ver, así que decidimos seguir sus consejos. Indicaban como interesante visitar unos molinos de agua que hay a las afueras de Orleans. Viendo lo que había dentro, preferimos ver lo de fuera.
Nos desplazamos hasta allí.
Esperábamos ver los molinos de las fotos, dando vueltas con el agua del Loira, pero los únicos que dimos vueltas fuimos nosotros, porque terminamos en un camino cortado del que nos costó sacar el coche, y yo empece a enfadarme. Habíamos hecho este viaje para ver castillos y llevábamos medio día perdido sin ver nada interesante. Me monté en el coche y le dije a Jorge, vamos a ver algo que merezca la pena de una vez, y él como es tan bueno buscó en el GPS y me indicó el camino hasta el castillo de Chambord.
Chambord es un enorme castillo que impresiona nada más acercarse a él. Según llegamos por la carretera vimos las enormes torres en punta y un campo inmenso rodeándolo. Al fin veíamos algo que realmente era lo que esperábamos.
Aparcamos el coche y fuimos a visitarlo por dentro. Alrededor varios puestos de comida vendían bocadillos y bebida. Teníamos hambre pero preferimos posponer la comida para después de la visita.
Es muy difícil describir la sensación de ese y todos los lugares que visitamos, pero si las conclusiones que sacamos de cada uno. En el caso de Chambord básicamente es que los reyes y nobles de aquella época eran una panda de "flipaos" a los que se les metía en la cabeza construirse un palacio y hacían lo que fuera para tenerlo, aunque no les sirviera para nada. El rey que mando construir este, Francisco I, apenas pasó allí 72 días  de sus 32 años de reinado.
Vaya capricho caro y tonto que tuvo este hombre...
Al salir volvimos a mirar los puestos de comida, caros y malos.Vimos una avispa posada en un bocadillo y eso nos hizo decantarnos por irnos a comer a otro sitio.
Salimos de allí y paramos en el primer pueblo que vimos. Encontramos una tienda con aspecto de charcutería pero que vendían cosas raras. A Jorge le encantó, más que nada por que vio que tenían chicharrones, un producto muy de los 80, así que se pidió un bocadillo de eso y yo de otra cosa indescriptible pero que parecía guisado de cerdo machacado y mezclado con manteca. La señora nos dijo que era un producto de allí.
Buscamos un parque y encontramos uno muy bonito con un merendero para sentarnos. El bocadillo que había pedido yo estaba bueno pero me empachó un poco así que me dejé un trozo para más tarde. Tomamos café en una cafetería del pueblo y continuamos al siguiente sitio.
Cheverny resultó ser totalmente distinto al anterior, mucho más palacio y menos castillo. Como es natural a mí me pareció cara la entrada, pero por suerte a Jorge no, así que entramos y fue uno de los que más nos gustaron del viaje.
Cheverny es mucho más sofisticado y elegante. Te dejan visitar bastante de su interior, perfectamente amueblado y muy bien cuidado. Un palacio en toda regla.
Esta "casa" pertenece a la misma familia desde hace más de 6 siglos, es decir es una casa particular. Por allí hay fotos de las bodas de varios hijos de los propietarios así como de otros eventos familiares en los jardines.
La conclusión es obvia: Hay por el mundo gente asquerósamente rica...
Después de visitar el interior paseamos por los jardines y nos metimos en el laberinto.
Empezábamos a notar el cansancio del día, así que decidimos irnos ya hacia la siguiente casa cerca de Tours. De camino paramos en un pueblo bastante chulo, Blois,  donde apenas visitamos nada pero que nos tomamos una caña casi al atardecer.
La habitación donde nos quedaríamos las dos noches siguientes estaba bastante bien, algo escondida pero muy bonita, con corazones por todos los sitios y pintada en morado. La propietaria no hablaba bien ingles pero se esforzaba por entendernos. Nos dimos una ducha al llegar y salimos a Tours a cenar.
Yo tenia empeño por comerme una hamburguesa, y lo hicimos en una terraza de allí.
Sobre la 1 de la madrugada nos acostamos.